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Ilustración de Victoria Martos
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La investigación médica amenaza el estatus de droga blanda del que goza el cannabis
y sus derivados, el hachis y la marihuana. Nuevos estudios están destapando su potencial
tóxico particularmente entre un grupo de consumidores en ascenso: los adolescentes.
La evidencia es cada vez más clara respecto a que fumar porros de forma habitual
en esta etapa vital incrementa las probabilidades de desarrollar con los años un
trastorno psicótico. A corto plazo, las consecuencias no son menos alarmantes. Se
asocia a una alta tasa de fracaso escolar debido a problemas de memoria y de concentración
y una mayor frecuencia de episodios depresivos y ansiedad. Las demandas de terapia
por abuso de cannabis en menores se han disparado. A los centros acuden padres desesperados
con un tipo de paciente desconocido hasta hace poco: niños de 13 años con problemas
en el 'cole' y comportamientos agresivos.
Los expertos son claros. Si se quiere evitar en el futuro una epidemia de trastornos
psiquiátricos hay que retrasar la actual edad de inicio en el consumo del cannabis,
que se sitúa sobre los 14 años. Y las medidas deben adoptarse antes de que sea demasido
tarde. Si es que no lo es ya. La delegada nacional del Plan Nacional de Drogas,
Carmen Moya, reconoce la «preocupación» de este departamento por el creciente consumo
de la sustancia entre los adolescentes y jóvenes españoles. La inquietud ha llegado
al Ministerio de Sanidad que esta semana presentará un informe sobre las consecuencias
médicas del abuso de este estupefaciente. «Está mitificado, se ve su aspecto lúdico,
pero se omiten los problemas de salud que puede desencadenar para los que se inician
a edades tempranas. La investigación nos indica que el pronóstico es sombrío para
los que lo hacen antes de los 15 o 16 años», agrega Moya.
Los escolares patrios figuran entre los europeos que más porros fuman. Sólo les
adelantan sus colegas de la República Checa, Francia y Reino Unido. En los últimos
10 años, el consumo de esta sustancia se ha duplicado entre los 14 y 18 años. Entre
un 36% y un 43% de los estudiantes españoles reconoce haber tenido contacto con
ella alguna vez y un 25% en el último mes, según los datos de dos macrosondeos,
la Encuesta sobre Drogas a Población Escolar y el ESTUDES, realizados en 2002 y
2004, respectivamente, sobre una muestra de más de dos millones de alumnos de Secundaria.
En la mayoría de los casos se trata de consumos experimentales y esporádicos y se
estima que sólo el 10% llegará a ser un consumidor habitual. Pero un 1% de los chavales
interrogados en el ESTUDES admitía que fumaba entre dos y tres porros diarios, una
cantidad que los expertos consideran de claro riesgo para un desarrollo cerebral
saludable.
CEREBRO VULNERABLE
Fernando Rodríguez de Fonseca, investigador que coordina la Red de Trastornos Adictivos,
es rotundo al respecto: «No podemos garantizar que el cerebro de un adolescente
que consuma cannabis de forma habitual no vaya a ser vulnerable a ciertas patologías
psiquiátricas». En los últimos tres años se han ido acumulando evidencias científicas
que contradicen la imagen amable de esta droga ilegal, considerada menos tóxica
que otros estupefacientes.
«Lo es en un organismo adulto. Y, precisamente porque sus efectos se consideraban
poco graves, ha habido poco interés en estudiarlos», precisa el experto en cannabinoides
Javier Fernández Ruiz, profesor de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad
Complutense de Madrid.
Los estudios recientes indican, no obstante, que las consecuencias pueden ser muy
distintas para el cerebro de un adolescente, que se encuentra todavía en pleno desarrollo
y maduración. «Hasta los 22 o 24 años no alcanza su máximo metabólico y funcional»,
indica Fernández.
La primera 'luz roja' se encendió a raíz de un estudio sueco que tras seguir a un
grupo de 50.000 jóvenes durante 15 años comprobó que el riesgo de desarrollar esquizofrenia
se multiplicaba por seis entre los que fumaban cannabis de forma regular a los 18
años.
Posteriormente, otros trabajos han confirmado la relación entre el uso habitual
de la droga y un riesgo de dos a tres veces superior de sufrir esta grave dolencia
psiquiátrica, así como otros trastornos psicóticos que se manifiestan con delirios,
alucinaciones y alteraciones cognitivas y del comportamiento que interfieren con
el desarrollo de una actividad normal.
Sin embargo, el peligro no es el mismo para todos. Los efectos neurotóxicos del
cannabis son más acusados cuanto más precoz es el inicio en el consumo y cuanto
mayor sea la cantidad que se fuma. «No hay una edad segura para empezar, aunque
es cierto que el riesgo disminuye a medida que se cumplen años y es mayor si se
fuma antes de los 16», advierte Marta Torrens, jefe de la Unidad de Toxicomanías
del Instituto de Atención Psiquiátrica, Salud Mental y Toxicomanías del Hospital
del Mar de Barcelona.
EDAD Y CANTIDAD
Torrens ha participado, junto con otros expertos, en el informe del Plan Nacional
de Drogas que presentará la ministra Elena Salgado esta semana y en el que se avisa
que el nivel de empleo de la sustancia también es clave. «Hay quien llega a los
20 porros al día y también tenemos chavales de 13 años que ya fuman uno a diario»,
señala José Luis Sancho, coordinador del Área de Menores del programa terapéutico-educativo
de la Asociación Proyecto Hombre en Madrid.
«El consumo semanal ya puede resultar problemático», sentencia la especialista catalana.
Y cuanto más se prolongue en el tiempo, aún peor. La mayoría de los jóvenes dejará
de consumir a medida que se acerque a los 30 y empiecen a tener obligaciones laborales
y familiares. Pero un 10% continuará haciéndolo de forma abusiva y los que empiezan
más jóvenes y consumen diariamente tienen otra vez más papeletas para figurar en
este grupo.
Los estudios que han seguido la evolución de los jóvenes habituales al cannabis
han identificado ciertos rasgos que predisponen a sufrir trastornos mentales. Estos
son más frecuentes en los que han manifestado de antemano síntomas psicóticos, asociados
o no a los porros, y en aquellos con antecedentes psiquiátricos familiares.
Otro dato apoya la teoría de que existe una susceptibilidad individual que puede
verse precipitada por el uso del estupefaciente. Se ha comprobado que los fumadores
que portan una variante genética específica del gen COMT, que regula las concentraciones
de un neurotransmisor implicado en el desarrollo de la esquizofrenia, tienen un
riesgo 10 veces superior de sufrir la dolencia respecto a otros consumidores que
no presentan esa alteración.
El hecho de que no todos los fumadores exhiban la misma fragilidad mental explicaría,
por ejemplo, por qué la incidencia de esquizofrenia no ha crecido en la misma medida
que el consumo de cannabis. Ahora bien, los especialistas recomiendan no infravalorar
estos datos. Aunque los potenciales afectados sean una minoría, para Marta Torrens
constituye un grave problema de salud pública. «De un riesgo de 0,7 casos de esquizofrenia
por cada mil se pasa a 1,4 por mil si se fuma cannabis. Puede parecer poco, pero
se trata de un trastorno muy serio. Se impone el principio de prudencia».
¿Por qué el cannabis resulta más dañino para el cerebro adolescente? «Las bases
para explicar su mecanismo lesivo no están del todo claras, aunque la investigación
en este campo es cada día más intensa», reconoce Javier Fernández Ruiz. Los consumidores
buscan los efectos psicoactivos que provoca la sustancia (relajación, desinhibición,
hilaridad...), que son debidos a la acción de su principal componente activo, el
tetrahidrocannabinol (THC), sobre unos receptores específicos (receptores cannabinoides)
emplazados en la superficie de las neuronas, las células del cerebro.
El primero de estos receptores (se conocen tres) fue identificado en 1990. Regulan
la actividad de diversos neurotransmisores responsables de controlar la comunicación
entre las neuronas y diversas funciones neurológicas. El cannabis puede interferir
sobre este sistema de conexión celular al modificar el funcionamiento de ciertos
neurotransmisores, como la dopamina y el glutamato, directamente implicados en el
desarrollo de la esquizofrenia.
Así, se sabe que el THC puede incrementar la producción de dopamina y que la hiperactividad
de este neurotransmisor se relaciona con el trastorno psiquiátrico. Por otro lado,
se ha sugerido que los niveles de glutamato son más bajos en los afectados por la
dolencia mental y la droga inhibe la producción de esta proteína. La acción del
cannabis sobre un tercer neurotransmisor, la serotonina, también se ha vinculado
con un mayor riesgo de trastornos depresivos y de ansiedad.
Al psiquiatra José Carlos Pérez de los Cobos, presidente de la Sociedad Española
de Toxicomanías, le inquietan otros efectos menos severos pero cada día más frecuentes
entre los consumidores más jóvenes. «Detrás de muchos fracasos escolares está el
cannabis y eso nos debería poner en guardia y hacernos reaccionar», opina. Los propios
estudiantes españoles reconocían en la encuesta de 2002 las consecuencias negativas
de los 'canutos': problemas de memoria, tristeza, apatía o depresión, dificultades
para estudiar o trabajar, absentismo escolar, trastornos físicos y conflictos con
sus padres y hermanos.
FRACASO ESCOLAR
El mal rendimiento en el instituto fue precisamente lo que destapó la peligrosa
relación de Pablo con los porros, un adolescente catalán que acaba de cumplir 18
años y lleva tres meses en un programa terapéutico en el centro de menores de Proyecto
Hombre en Barcelona. Su familia cree que empezó a consumir con 15 o 16 años. Últimamente
fumaba a diario, incluso lo hacía en casa.
«Le notábamos cambiado desde hacia tres años. No era el niño cariñoso de siempre,
estaba nervioso, contestón, desobediente, no respetaba los horarios...», relata
Paqui, de 48 años, su madre. La familia lo atribuyó al difícil tránsito de la adolescencia,
un hecho que complica la detección del problema. «Primero le pillamos fumando tabaco
y después su padre le descubrió una 'china' de 'chocolate', pero dijo que era de
un amigo. El detonante fue una llamada de sus profesores avisando de que no iba
a clase y que cuando lo hacía estaba 'fumado'. Se nos cayó el mundo encima», reconoce.
Lo más difícil fue convencer a Pablo de que lo que hacía podía perjudicarle. «Ellos
lo fuman con toda tranquilidad porque no son conscientes de que suponga un riesgo,
les divierte y piensan que no es malo para nada. Poco a poco se ha ido dando cuenta
de la realidad», agrega.
La falta de percepción de peligro es una de las razones que esgrimen los expertos
para explicar el alto nivel de consumo de la droga entre los más jóvenes y también
uno de los principales motivos de alarma. Las encuestas escolares revelan que una
cuarta parte de los alumnos considera que fumar de forma regular no produce problemas
y muchos piensan que el riesgo es similar o inferior al del tabaco. Los expertos
urgen para que se transmitan a los adolescentes los nuevos conocimientos científicos
sobre el cannabis, pero se preguntan cómo hacerlo de forma suficientemente persuasiva.
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