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Evolución histórica del concepto
de Trastorno Afectivo Bipolar
Mª Consuelo Llinares Zaragoza
Psiquiatra. Hospital
Psiquiátrico Provincial de Alicante.
Los trastornos afectivos han sido reconocidos y descritos desde los
inicios de la historia escrita. En el antiguo Egipto, durante más
de 3.000 años, las depresiones fueron tratadas por los sacerdotes,
quienes reconocieron que éstas iban frecuentemente asociadas con la
experiencia de una pérdida psicológica. Ejemplos de estas
descripciones están en el Antiguo Testamento, donde se describe al
Rey Saúl como una persona afecta de episodios depresivos
recurrentes.
Estas descripciones prosiguen en la literatura griega clásica,
Homero (poeta griego, circa s. X-IX a. de J.C.), en el VI canto de
la Ilíada explica «la miseria melancólica de Belerofonte como
debida al abandono de éste por parte de las potencias
sobrenaturales que, desamparado por los dioses, para librarse de ese
«negro» pesar, no tenía más remedio que esperar a conseguir
recobrar la benevolencia divina».
Entrado el siglo VI a. de J.C., la observación de los enfermos
mentales empezó a entrar en el ámbito del curandero, en vez de
seguir siendo parte de la tradición teológica. Este movimiento de
tránsito de la concepción teológica y filosófica a la
observación médica alcanzó su máximo esplendor en el pensamiento
de HIPÓCRATES (médico griego, s. V y IV a. de J.C.) que
constituyó el principal testimonio de los orígenes de la medicina
occidental. En su libro Las Epidemias encontramos extraordinarios
manuscritos referentes a la melancolía. En el aforismo número 23
(sección VI) afirma Hipócrates: «si el miedo y la tristeza
perseveran mucho tiempo, hay melancolía». En la concepción
hipocrática, la bilis negra, traducción literal de la palabra
melancolía, constituía su agente causal (Starobinski, 1960)(1).
Las deliberaciones acerca de la relación entre la melancolía y la
manía se remontan por lo menos al s. I a. de J.C., como fue
apuntado por Sorano de Éfeso (médico griego, s. I d. de J.C.):
«los seguidores de Themison, así como muchos otros, consideran la
melancolía como una forma de la enfermedad maníaca». Sorano
mismo, creía que la melancolía y la manía eran dos entidades
distintas pero que compartían síntomas prodrómicos y requerían
tratamientos similares. Para Sorano, «la manía era un trastorno de
la razón con delirios; estados fluctuantes de ira y euforia, aunque
algunas veces de tristeza e inutilidad...» (Jackson, 1986)(2).
ARETEO DE CAPADOCIA (médico griego, s. I d. de J.C.), figura como
el primero en señalar que la manía y la melancolía formaban parte
de un único trastorno: «algunos pacientes después de estar
melancólicos tienen cambios a manía...por eso esta manía es
probablemente una variedad del estado melancólico... La manía se
expresa como furor, excitación y gran alegría... Otros tipos de
manía tienen manifestaciones delirantes de tipo expansivo: el
paciente tiene delirio, estudia astronomía, filosofía... se siente
poderoso e inspirado». Según Roccatagliata (1986)(3), que se
refiere a Areteo como "el clínico de la manía" , él
identificó una ciclotimia bipolar, una forma monopolar consistente
sólo en fases maníacas, y una psicosis paranoide que consideró
como manía esquizofrénica.
Estas descripciones antiguas de melancolía y manía son demasiado
amplias y abarcaban más de lo que actualmente entendemos por ellas
(López-Ibor (4), 1982; Berrios (5), 1988; Pichot (6), 1995). Estos
dos términos, manía y melancolía, junto con frenitis, que
rigurosamente corresponde a un delirium agudo orgánico,
comprendían todas las enfermedades mentales en la antigüedad. Y,
seguramente, en aquellos tiempos, se incluía, en lo que actualmente
consideramos por manía y melancolía, grandes grupos de otros
trastornos mentales. Pero, a pesar de que Areteo seguramente
incluyó síndromes que actualmente podrían ser clasificados como
esquizofrenia, sus claras descripciones del espectro de la
condición maníaca son impresionantes aún en la actualidad.
Importante también fue la obra de GALENO, médico griego (130-200
d. de JC.), que realizó unas descripciones sobre la melancolía que
serán criterio de autoridad hasta pasado el s. XVIII. En la
mayoría de las obras médicas de la Edad Media, el Renacimiento, o
el Barroco son aplicadas paráfrasis de Galeno. Él estableció
firmemente la melancolía como una enfermedad crónica y recurrente.
En sus escasos comentarios sobre la manía incluyó la observación
de que podía ser bien una enfermedad primaria del cerebro o
secundaria a otras enfermedades. Para Galeno, la melancolía se
debía indudablemente a la bilis negra pero, según él, el exceso
de bilis negra podía manifestarse y desarrollarse en distintas
partes del organismo, provocando cada vez nuevos síntomas (Starobinski,
1960)(1): «1º Puede ocurrir que la alteración de la sangre se
limite sólo al encéfalo. 2º Puede ocurrir que la atrabilis se
desparrame por las venas de todo el organismo, incluyendo el
encéfalo. "El diagnóstico en este caso nunca falla cuando la
sangría del brazo da una sangre muy negra y muy espesa". 3º
La enfermedad puede tener su origen en el estómago; entonces
tendremos infarto, estasis, obstrucción e hinchazón en la región
de los hipocondrios -de ahí el nombre de afección hipocondríaca
que se da a la enfermedad. Desde el estómago, hinchado y lleno de
bilis negra, los vapores tóxicos suben al encéfalo, ofuscan la
inteligencia y producen los síntomas melancólicos. Dichos vapores
no sólo explican las ideas negras, sino también ciertas
alucinaciones al obscurecer el espíritu...».
Con la caída de la cultura grecolatina, se entró en el dilatado
período histórico de oscurantismo que vivió la psiquiatría en la
Edad Media (500-1450). Esta etapa histórica se caracteriza por la
prevalencia del pensamiento mágico y la tendencia a la
interpretación demonológica de la enfermedad mental. Las doctrinas
antiguas constituirán el fundamento de la autoridad médica pero,
acompañadas de variantes, comentarios y especulaciones destinadas a
reforzar la coherencia y simetría de un universo que ha de ser sin
falla. A pesar de que muchos autores siguen hablando de la manía y
la melancolía como entidades distintas, se sugiere de algún modo
una relación estrecha entre ellas.
Así, ALEJANDRO DE TRALLES (525-605), en su obra Doce libros sobre
el arte médico aprecia que, tal como ya había sido reflejado en
otras descripciones más antiguas (Areteo), no siempre la tristeza o
el temor son los síntomas característicos de los pacientes
melancólicos, sino que, en otras ocasiones prevalece en ellos la
hilaridad, la ira y la ansiedad, fenómenos cercanos a los estados
maníacos.
Avicena (980-1037), en el año 1000 escribe: «indudablemente, el
material que produce la manía es de la misma naturaleza que el que
produce la melancolía». Gaddesden (1280-1361) en el año 1300:
«manía y melancolía son diferentes formas de la misma cosa».
Manardus (1462-1536) en el 1500: «la melancolía difiere
manifiestamente de lo que apropiadamente se ha llamado manía; no
hay ninguna duda, pero, de alguna manera, las autoridades están de
acuerdo en que la manía reemplaza a la melancolía».
Ya en el Renacimiento (1500-1700), que será la "edad de oro de
la melancolía", Jason Pratensis (en 1549) escribe: «muchos
médicos asocian manía y melancolía en un sólo trastorno, porque
consideran que ambas tienen el mismo origen y la misma causa, y
difieren sólo en el grado de manifestación. Otros consideran que
son bastante distintas». Citas tomadas de Whitwell, 1936 (Goodwin y
Jamison, 1990)(7).
El Tratado sobre la melancolía escrito por TIMOTHY BRIGHT (1586),
constituye la primera monografía escrita en inglés que describe
los sentimientos de los pacientes melancólicos con precisión y
detalle, manteniendo el autor que la melancolía no constituía una
«conciencia del pecado» como los teólogos y filósofos de la Edad
Media la habían calificado. Pero, como el resto de médicos de su
tiempo, él siguió manteniendo la concepción humoral de la
melancolía.
Así mismo, FRANCISCO VALLÉS (1524-1592), médico español,
también rechazó el concepto demoníaco de la enfermedad y afirmó
que la melancolía estaba producida por intermediación de causas
naturales (Ayuso y Sáiz, 1990)(8).
La crítica de las ideas tradicionales iniciada en el período
renacentista, se convierte en sistemática durante el Barroco (fines
s. XVI - mediados s. XVIII). Durante los siglos XVI y XVII existía
ya un consenso generalizado sobre que el cerebro estaba
efectivamente implicado en los trastornos mentales. El testimonio
más interesante de esta época corresponde a un ilustre enfermo, el
clérigo y filósofo inglés, ROBERT BURTON (1577-1640), cuyo libro
La anatomía de la melancolía (1621), constituye una de las más
importantes contribuciones a la historia de los trastornos
afectivos. Él mantenía una etiología multifactorial para la
melancolía, reconociendo la existencia de un contínuo entre
factores psicológicos y no psicológicos, destacando la herencia,
la falta de afecto en la infancia y las frustraciones sexuales. Muy
propio para su época fue la extensa descripción de factores
causales para la melancolía, entre los que incluía: «a Dios, el
diablo, las brujas, las estrellas, la vejez, la desesperanza y la
soledad, la malicia, los celos, los abusos del placer,...».
También hizo referencia a la alternancia de accesos hipertímicos y
melancólicos. A pesar de sus descripciones, seguía
subscribiéndose a veces a la teoría humoral; así, por ejemplo,
él va a seguir con todo rigor la división en tres categorías
realizada por Galeno, añadiendo la melancolía amorosa y la
religiosa (Starobinski, 1960)(1).
THOMAS WILLIS (anatomista y médico inglés, 1621-1675) en varios
puntos teóricos rompe con la tradición; su noción de «discrasia
salina» y el papel que atribuye al ataque cerebral en la
melancolía, dejan postergado el factor nocivo de la atrabilis
(aunque contínuamente hable de ella).
««Según él, el delirio melancólico es consecuencia de un
desorden del cerebro y de los espíritus animales que allí se
encuentran.... Se produce una alteración «acética y corrosiva»
de estos espíritus y sus efluvios se infiltran de manera irregular
en diversas partes del cerebro y del sistema nervioso. Y como estos
efluvios tienen la propiedad de estar en contínuo movimiento,
resultará de ahí una constante agitación del pensamiento, que
nutre las visiones del delirio. Por otra parte, la sangre cargada de
partículas salinas, es menos inflamable, no «se enciende» lo
suficiente en los pulmones y no brilla ni en el corazón ni en los
vasos con una llama bastante clara y abundante: de ahí la tristeza,
el temor y la falta de iniciativa»». Para Willis, la manía y la
melancolía podían mutuamente reemplazarse, «al igual que el humo
y la llama»...«si el melancólico empeora puede entrar en furia o
manía y desde aquí a menudo termina en una disposición
melancólica», dice él (Jackson, 1986)(2).
El siglo XVIII se interesa mucho por los fenómenos convulsivos.
Ahora que los anatomistas conocen mejor las estructuras nerviosas,
se va a atribuir a los nervios buena parte de los síntomas.
Correspondió al siglo de las luces atribuir una indiscutible
primacía a las funciones del cerebro y de los nervios; la
enfermedad mental viene causada por un trastorno de las operaciones
nerviosas. La irritabilidad (descrita por Albert Von Haller,
fisiólogo y político suizo, 1708-1777) explica las perturbaciones
del ánimo sin que sean necesarias esos intermedios que son la
atrabilis y los jugos corrompidos (Starobinski, 1960)(1).
Fue en el s. XVIII cuando un autor español, Andrés PIQUER
(1711-1792), dejó un excelente manuscrito en su obra Discurso sobre
la enfermedad del Rey, Nuestro Señor, Don Fernando VI (que Dios
guarde) sobre la melancolía, con admirable precisión
fenomenológica (López-Ibor, 1982)(4).
A finales del s. XVIII, para los autores de la Ilustración, la
definición de melancolía que prevalecerá será del todo
intelectual: la melancolía es la dominación excesiva que ejerce
sobre la mente una idea exclusiva.
PINEL (1745-1826), en su Traité Medico- philosophique sur
l'Aliénation Mentale (1806) (9 describe así la melancolía:
«consiste en un juicio falso que el enfermo se forma acerca del
estado de su cuerpo, que él cree en peligro por causas nimias,
temiendo que sus intereses le salgan mal». Los principios que
formula constantemente para la terapetica de la melancolía están
fundamentados en el tratamiento moral, la labor principal
consistirá en «destruir la idea exclusiva», pues para él, el
melancólico es víctima de una idea que él mismo se ha hecho y que
lleva en él una vida parasitaria.
El discípulo de Pinel, Esquirol (1820), al igual que otros autores
de comienzos del s. XIX (como Prichard, 1835 y Rush, 1812), se
esforzaron por desterrar la más mínima reminiscencia humoral y
preconizaron que se borrara del vocabulario científico la palabra
melancolía, que era más bien propia de los poetas y del vulgo.
Así se forjaron nuevas denominaciones: monomanía triste (tristemanía)
o lipemanía.
En 1845, Esquirol apunta que: «algunos pacientes, antes de estar
maníacos, han estado previamente tristes,
cansados...melancólicos», pero no considera que exista una forma
distintiva de enfermedad, diciendo que esto sucede sólo en algunos
pacientes (Jackson, 1986)(2).
Un discípulo de Esquirol, Jean Pierre Falret (10), en 1854, fue el
primero en describir la locura circular (folie circulaire) como
estados depresivos y maníacos separados por un intervalo libre,
destacando el curso intermitente, el comienzo frecuentemente brusco
y el carácter reversible de la mayoría de los episodios;
enfrentándose a las opiniones prevalentes de la época, consideró
la evolución hacia la cronicidad como una forma evolutiva muy rara.
Prácticamente al mismo tiempo y en el mismo lugar (La Salpetriére,
París) otro discípulo de Esquirol, Jules BAILLARGER (11) (1854)
describe la locura de doble forma (folie à double forme) en la
misma línea que Falret. Con Falret y Baillarger, surge por primera
vez en la historia de la psiquiatría el concepto de lo que
actualmente entendemos por trastorno afectivo bipolar, aislado del
resto de la patología psiquiátrica (Pichot, 1995)(6).
Otra contribución valiosa fue la de GRIESSINGER (1817-1868), sin
duda el psiquiatra alemán más influyente de su época, que
realizó enriquecidas descripciones clínicas de manía y
melancolía, aunque él las describió principalmente como
trastornos crónicos con pobre pronóstico. Como Areteo varios
siglos antes, Griessinger concebía la manía como la etapa final de
una melancolía gradualmente agravada, y ambas, como dos etapas de
una única enfermedad (Jackson, 1986)(2).
Aunque ya anteriormente se habían descrito casos leves de manía (Falret,
Esquirol y otros autores), Mendel (1881) fue el primero en definir
la hipomanía como «leves estados abortivos de manía» (Goodwin y
Jamison, 1990)(7).
KAHLBAUM, en 1882, hablaba de vesania (psicosis) típica circular al
referirse a estos trastornos episódicos melancólicos y maníacos,
y además incluyó después formas menores más leves, a las que
denominó ciclotimia, caracterizadas por «episodios tanto de
depresión como de excitación pero que no terminaban en demencia,
como podían hacerlo la manía o melancolía crónicas». También
acuñó el término distimia para referirse a una variedad crónica
de melancolía (Ayuso y Sáiz, 1990)(8).
Aparte de estas contribuciones, muchos clínicos investigadores
seguían considerando la manía y la melancolía como entidades
separadas, crónicas de naturaleza y con un curso deteriorante
progresivo.
Emil Kraepelin, en 1896, siguiendo las observaciones clínicas de
los psiquiatras franceses, introdujo el concepto de locura
maníaco-depresiva como entidad nosológica independiente. Incluyó
en un concepto único todas las psicosis que hasta entonces se
habían denominado periódicas y circulares, la manía simple, gran
parte de los casos diagnosticados de melancolía y un pequeño
número de síndromes amenciales. Posteriormente, en la octava
edición de su tratado, a raíz de la crítica de Dreyfuss, incluye
la melancolía involutiva. Para él, todos estos cuadros son
manifestaciones de la misma enfermedad. Al decir esto se basa en el
carácter hereditario (historia familiar), la sintomatología
afectiva similar, la sucesión periódica de fases maníacas o
melancólicas con períodos de remisión, y un pronóstico global
comparativamente benigno sin un deterioro progresivo. Fue
precisamente el pronóstico la principal característica que
distinguía la locura maníaco-depresiva, delimitándola de la
demencia precoz.
Después de Kraepelin, la evolución del concepto de enfermedad
maníaco-depresiva siguió distintos caminos en Europa y EEUU
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