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Digamos que me llamo Gerry y nací en una ciudad del Mediterráneo
en 1966. Ultimo de tres hermanos, único varón, de clase media alta
y parece ser que inteligente, lo cual no era obstáculo para que me
sintiera casi siempre como un verdadero subnormal.
Tuve una primera infancia dentro de los cánones de felicidad pero
yo muchas veces me sentía triste. Ya desde esa edad me gustaba
contemplar el mundo y sus habitantes, sobre todo a sus habitantes.
Con dos y tres años me escapaba a “ver mundo” y gente. Me
fascinaba tanto que no me importaban los azotes de mi padre. En
estas pequeñas excursiones absorbía todo lo que veía, mundo,
palabras, gestos, todo. Era como una especie de necesidad.
Os cuento esto amigos porque no sé si es importante para alguno.
Desde luego yo vivo en el convencimiento que mi enfermedad venía ya
conmigo al nacer. Es duro pero no recuerdo haber sentido un especial
cariño hacía mis padres. Claro está que les quería pero quería
vivir inmerso en mi mundo interior, agazapado bebiendo y alimentándome
de lo que veía y oía. Sintiéndome triste, no me importaba.
Pero la vida en sociedad poco a poco te encarrila. El colegio, los
juegos, te hacen interactuar con otras personas, niños. Y sí, me
sometí al tormento de interactuar con ellos. Fue el precio que tuve
que pagar para seguir observando, triste. Me hablaban y yo hablaba
pero desde luego no entendía nada de lo que me decían, palabras
vacías que se las llevaba el viento. Vocablos sueltos, inconexos
carentes de significado y desde luego de interés. Claro que por el
contrario ellos tampoco entendían mucho de lo que yo decía. Ya sabéis,
un niño rarito.
Lo cierto es que hasta que me hice adulto y, aún después, jugué a
ser una persona que no era. A los diez años jugaba al fútbol, a
los 14 salía con chicas, siempre me he comunicado mejor con las
mujeres. El colegio acabó y pasé a hacer una carrera que no me
interesaba para nada pero que supuestamente me daría de comer.
Carrera que por supuesto no terminé. En lugar de ir a la facultad
me dedicaba a leer libros. Era maravilloso leer un buen libro,
descubrir que hay gente que se parece a ti, casi como un amigo. Así
que las palabras eran más tentadoras que los soliloquios del
profesor que fuera.
Harta mi familia de mis resultados académicos me animaron a que
opositara y ahora soy un funcionario, atípico, pero funcionario.
Nunca terminaré la carrera por que no la elegí yo. Me casé con mi
novia de los últimos siete años, buena y dulce. Me destinaron a
Palma de Mallorca donde viví siete años desde los 28 a los 35.
Esos años en que se supone que el hombre-mujer llega a la plenitud
intelectual fueron el inicio de mi trastorno.
Al principio no era nada grave, quizá un poco de suficiencia, un
poco de petulancia, un poco de irritabilidad. Tienes mucho carácter
decía la gente. Bonito eufemismo para decir que no hay quien te
aguante guapo.
En esas estábamos cuando todo empezó a colapsarse. Amigos íntimos
que me traicionaron en beneficio propio. Expectativas profesionales
truncadas por unos intereses ajenos a mi persona. Y finalmente y
para aumentar la presión me enamoro perdidamente de una compañera
de trabajo. Estaba en plena crisis maniaca. Dormía tres horas y me
levantaba fresco como una rosa y me ponía a leer, literatura
americana de este siglo principalmente. Después iba al ordenador y
programaba aplicaciones para gente que conocía y tenían negocios.
Después me iba a trabajar, por la tarde vuelta a la lectura y al
ordenador.
Mis compañeros en esos momentos me odiaban infinito. Los trataba de
tontos e inútiles y quizá lo eran pero bueno ya me entendéis. Me
sentía el tío más lúcido del universo. Tenía mil ideas en la
cabeza, podía opinar sobre cualquier tema y dejaba en ridículo a
aquellos que sabían menos. Si alguien me llevaba la contraria sufría
mi más descarnada ira. Recuerdo que un amigo me pregunto qué me
pasaba. Nada, estoy de puta madre, no puedo estar mejor. Y era
verdad.
Era maravilloso, rápida verborrea atacando al factor humano y a los
convencionalismos. Las palabras rebotaban en las paredes y
finalmente se desvanecían. La chica de la que me enamoré también
se enamoró de mí. Ella solo veía mi lado bueno. Un tío con
inteligencia, con conversación, que era capaz de odiar al mundo y
llorar por su amor. Un tipo encantador, seductor, que le lanzaba las
palabras justas y al corazón. Era inevitable.
En poco tiempo no tenía compañeros, amigos, familia y empecé a
caer el camino que había subido. Creo que la depresión que comencé
a sufrir era de 9 sobre 10. Dejé de ver a mi amor, no dormía más
de una o dos horas y éstas llenas de pesadillas. Ir a trabajar era
insufrible, ver a la gente lo era, así que iba a las seis de la mañana
para coincidir el menor tiempo posible con nadie. Trabajaba en
aquella época con un ordenador así que me ponía unos cascos con música
y me aislaba todo lo que podía de los demás.
Empecé a sufrir crisis de ansiedad, me iba corriendo al baño hasta
que se me pasaban. Eran, como son para cualquiera, horribles. Comencé
a sufrir obsesiones. Estaba obsesionado con que mis compañeros de
trabajo sabían lo de mi relación con la compañera. La obsesión
mayor era que mi mujer se enterara y estaba convencido que se iba a
enterar, era imposible pero estaba convencido. Veía que perdía
todo. Mi infidelidad no fue física, quiero decir que no hubo sexo,
sino espiritual. Entenderme, quiero decir que un día eres perfecto
padre de familia y al día siguiente te descubres infiel.
Como la depresión se agudizaba, junto con la ansiedad y las
obsesiones, acabe por ver como única solución el suicidio. Lo
planifique y lo lleve a la práctica. No voy a decir lo que utilice
pero sí que afortunadamente me hizo devolver y tan solo estuve
dormido entre terribles náuseas y sudores unas cuatro horas.
Finalmente fui a ver al médico y fui diagnosticado. No sé si os
habrá pasado pero me sentí aliviado cuando me lo dijeron, reducía
mi culpa, era un trastornado. Con prozac y trankimazin logré
ponerme otra vez bien.
Desde entonces he tenido mis crisis maniacas y mis correspondientes
depresiones y me he convertido en un bipolar de ciclado rápido.
Pero creo que con la medicación actual y un poco de autocontrol
puedo ser capaz de llevar una vida medianamente normal. Por lo menos
esas son mis sensaciones.
Espero que mi historia le sirva de algo a alguien.
Gerry
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