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Hace unos quince años que terminé la carrera de Periodismo y todavía
sueño con que he suspendido tres asignaturas y tengo que examinarme. Yo
interpreto que mis sueños me están llamando la atención sobre cosas que
siempre quise hacer y que aún no he hecho.
Por eso esta tarde en este pisito de una urbanización de la sierra de
Madrid me he plantado delante de la pantalla para intentar exorcizar a mis
voces nocturnas y callarlas un poquito a fuerza de escribir. Es otoño,
hace un tiempo de esos que te quitan las penas: la luz es amable y
decidida, el cielo está límpido y transparente. Fuera hace un poco de frío.
Dentro, la chimenea invita a recogerse y sentirse seguro. Samba la perrita
está feliz, la saqué de un piso once y aquí puede correr en la hierba y
oler los rastros del verano pasado. Puede decirse que hay grandes dosis de
“armonía”.
Yo considero que he fracasado casi en todas mis empresas y proyectos; de
ahí que me resulte difícil engañar a la vocecita insistente de todas
las noches. De todas formas hay un punto de inflexión definitivo en mi
vida: los dieciséis años. Fue entonces cuando mi padre nos trajo a vivir
a España. Hasta entonces habíamos vivido en México, -donde yo nací-,
en Chile y en Colombia. Él era funcionario internacional. Supongo que
tendría que haberme considerado una niña privilegiada, que sin duda lo
era en muchos aspectos, pero sinceramente, lo mismo que me ha ocurrido a
lo largo de mi vida, no he sido nunca consciente de ello; incluso hoy en día
en que puedo llevar una existencia llena de amor gracias a mi marido que
es un ser maravilloso.
La historia de mi padre es muy encomiable y aleccionadora, pero vista
desde la perspectiva actual creo que definitivamente nos ha costado y nos
sigue costando a todos los hermanos, -somos cinco en total-, asimilar
muchas de sus posturas vitales.
Sus valores vitales y su visión del mundo nos la inculcó a través del
ejemplo y para bien y para mal esto nos había marcado tanto como a las
reses, con dolor y para siempre. Este self-made man, ha sido “genio y
figura...”. No ha dejado de dominar a mi madre y sieguen discutiendo
como siempre reivindicando cada uno sus deseos propios y del otro sin
llegar nunca a un punto de encuentro. Matrimonio mal avenido. Seres antagónicos
y agónicos que generaron y generan una angustia en mi y un movimiento
constante para intentar hacerles felices. Afán infructuoso y tortuoso que
me ha llevado a la desesperación y al cansancio más profundo.
Mi padre nació en el barrio madrileño de Lavapiés. No supe que había
sido un estudiante brillante hasta que su madre me contó sus hazañas
escolares a los 11 años. Hasta entonces no me había preguntado a mi
misma de dónde había salido él, quizás pensaba que siempre había
estado allí, como Dios y que no tenía principio y no me imaginaba que
tuviera fin. Mi abuela me relató con orgullo, henchida y llenándome de
detalles cómo su hijo caminaba no sé cuantos kilómetros para ir a la
escuela y que gracias a sus magníficas notas podía continuar estudiando
porque no tenían dinero. En ese tiempo con “Matriculas de Honor” no
se pagaba matrícula. Las suelas rotas de tanto andar, una disciplina férrea
y ganas, pienso yo de salir de la pobreza. Su padre, mi abuelo era
constructor. El grueso de sus
ingresos procedía de las contratas del Conde de Romanones. Cuando este se
exilió con el Rey Alfonso XIII a Roma mi abuelo se arruinó y se derrumbó.
Murió enseguida. En ese momento mi padre tuvo que hacer algo para sacar
adelante a la familia y con un carro lleno de arena lo arrastró hasta la
Puerta del Sol para sacar unas pesetas.
Y para mal han sido unos bagajes intransferibles y no desechables. Yo le
agradezco que me haya transmitido es sentido ético estricto un poco de más,
pero sin duda una seña de identidad que a estas alturas no puedo
renunciar porque me quedaría desnuda frente a mi misma y seguramente las
noches serían aún más insomnes y mis despertares aún más pesados.
Mi madre, es una persona que se quedó colgada de los recuerdos y
que nunca ha podido salir de su pueblecito de Cartagena, donde fue criada
primorosamente por su abuela y donde conoció a los diecisiete años el
horror de saber cómo de un día a otro su novio había sido asesinado en
uno de los incontables ejercicios de brutalidad que se llevaron a cabo
durante la Guerra Civil Española. Ella ha tenido y tiene una fuerza de
voluntad a prueba de los dolores más punzantes y también una incapacidad
patológica para comunicarse con claridad y saborear, aunque sea a ratos
de la felicidad que siempre aparece en nuestro día a día, a veces sin
mucho aspaviento, y con dulzura. Mi madre no se permite a sí misma
sumergirse en la serenidad ni en los placeres inocuos, es un “ser
sufriente” y todos mis desvelos durante años para sacarla de ese campo
de concentración en que ella plantó los espinos han sido prácticamente
infructuosos.
“La
enfermedad,“Ella”, apareció a los dieciséis años, al poco tiempo de
llegar a Madrid después de haber vivido toda mi infancia en México,
Chile y Colombia. Vinimos en barco desde Cartagena de Indias. Fue un viaje
maravilloso. Cruzamos el Canal de Panamá. Cuando estábamos en el puente
del trasatlántico de lujo, mi hermana y yo con el bañador puesto
sintiendo la humedad penetrante del aire cayó una lluvia feroz, pero
reconfortante, llena de vitalidad. Nosotras no la eludimos nos quedamos
disfrutándola, mojándonos en un acto que ahora se me antoja como de
suprema libertad.
Cuando llegamos a Madrid
en coche por la entrada de la carretera de Andalucía lo que veía me
parecía feo, los edificios abigarrados, ni una gota de verde, no se veían
árboles. Yo me dije a mi misma: ¿Qué va a ser de mí en este lugar?
No habíamos tenido tiempo para imaginarnos cómo viviríamos aquí, a
pesar que mi padre decidió que viajáramos en barco para que el cambio
fuera menos brusco. En el barco me resultaba agradable ver en los mapitas
que tenían en cada planta el lugar en el que nos encontrábamos y el próximo
destino. Esa ha sido la única vez en mi vida que he sabido hacia donde
iba. Nuestra casa un piso que para los madrileños podría considerarse
amplia a mí me pareció muy pequeño. Ya no era divertido el barrio, como
cuando veníamos de vacaciones, todo me parecía más gris, más triste.
Era 1972.
Entré en un colegio de
niños pijos; yo desentonaba, era un bicho raro. Mis compañeras no eran
malas conmigo, pero yo no sabía cómo acercarme a ellas, me auto excluía.
Mi ropa era ridícula. Iba con vaqueros y un poncho de lana colombiana,
ellas con faldas bonitas a juego con jerseys de buena calidad. Yo hubiera
querido ser como ellas, pero no sabía ni por donde empezar. Ellas se
compraban la ropa en lugares caros y mi madre me llevaba a comprar ropa a
una especie de cooperativa del ejército donde todo era irremediablemente
feo. No iba a conseguir financiación para esa empresa, sabía que por ese
lado todo estaba perdido, porque era un asunto de siempre y no iba a
conseguir convencer a mis padres que para mí era importante asemejarme un
poco a mis compañeras y vestir bien.
Los primeros tres
meses hice un sobreesfuerzo gigantesco para adaptarme a las nuevas
condiciones de vida. Me recogía un autobús a las ocho de la mañana y me
traía de vuelta a las ocho de la tarde. Una eternidad. Yo salía a las
tres y media en Sudamérica.
Tuve mala suerte con mis profesores. Las clases
empezaban “tomando la lección”. Había una, la de Física que pedía
que los alumnos se estudiaran antes la lección y al día siguiente la
preguntaba sin haberla explicado. Sin embargo pude aprobarlo todo.
Al poco tiempo estaba
exhausta, se me hizo todo demasiado arduo, me sentía muy sola, no
encontraba calor en ninguna parte. Sólo mi hermana Maricarmen me era
grata. Empecé a angustiarme y por primera vez dije que no podía competir
más. Dejé de ir al colegio y mis pobres padres extrañados me dejaron
porque no comprendían lo que me pasaba. No quisieron forzarme y sus
argumentos no me consolaban, tenía una pena honda.
No sé cómo llegué a la consulta de un psiquiatra, yo solita. El doctor
fue muy amable. Me recetó unas pastillas, las compré, las pude en la
palma de mi mano y me dije que no era posible que esas píldoras aliviaran
el dolor del alma que tenía. No veía conexión entre ellas y yo.
Perdí el curso. Yo que
había sido siempre de las primeras de la clase había dejado pasar un
curso por no competir, por no poder superar las pruebas. Mi primer
fracaso.
Esa depresión no fue muy
fuerte. Era como estar envuelta en una nube triste y opaca. La falta de
concentración unida al miedo a no saber la lección del próximo día me
tenía estrangulada emocionalmente. Mi cabeza no veía salida. Estaba
atrapada y me atragantaba las ganas de gritar y pedir ayuda, ¿pero a quién?
Busqué ayuda donde pude, pero no encontré nada.
Mi casa también estaba
destartalada como yo. No se parecía a los hogares en los que yo había
vivido. Contaba con muchas habitacioncitas, pero sin gracia. Mi madre
también sufría el cambio y ella sola intentaba hacerse con el dominio de
lo que es una familia.
Entonces todavía venían amigos de mis padres a casa. En una de esas
visitas yo me puse a limpiar el armario del fregadero con fruición. Fue
un hecho insignificante, pero el primero que me había propuesto hacer y
había sido capaz de llevar a cabo. Supuso un hito. Llegó el verano y la
luz del sol me vino bien. Seguía sin amigas. Nos fuimos a la playa y
empecé mejorar. La depresión había pasado.
El año siguiente retomé mis
estudios. Fui a un colegio sin aspiraciones elitistas, lleno de expulsados
de otros centros. Me fue muy bien. Me sentí integrada. Volví a
concentrarme, funcionaba mi memoria y mi capacidad de aprender. Los
profesores eran muy buenos, sobre todo el de Filosofía, Luis Gómez
Llorente. Él me hizo volar, soñar con las ideas y disfrutar aprendiendo.
Tuve por fin amigas y era aceptada. Mi pinta ya no importaba.
Yo jugaba al tenis desde los
siete años. Había alcanzado cierta categoría en Chile y Colombia. Aquí
continué con mi carrera. Jugué en campeonatos aún estando deprimidita.
Cuando terminó el curso me seleccionaron para el equipo español de
juveniles, me invitaban a ir a concentrarme en Barcelona para prepararme
para el un campeonato europeo que se celebraría meses después. Yo no
sentí alegría cuando recibí la carta de la Federación. Yo había
planeado irme un mes a Francia para aprender francés en un intercambio.
Me sentí muy presionada por mi padre. No se me pasaba por la cabeza
decirle que no. Tenía un novio comunista, joven progre, medio geniecillo
que estudiaba Matemáticas y Físicas, pero no me comprendía en absoluto.
Para él yo era una burguesa y como yo no quería tener relaciones
sexuales con él, yo era además una estrecha.
Entrenaba. Éramos un
grupo de cuatro chicas yo estaba clasificada la tercera de España. No
estaba motivada. Me ahogaba. Yo no estaba jugando bien. Pero parecía que
no importaba. Nos obsequiaban. Nos compraron unos uniformes caros. Nos
pagaban todo. A mí me faltaba aire. Todo era tenis. Desde la mañana a la
noche.
Otra vez ajena al grupo.
Supongo que encajo completamente en el esquema de sentimiento de exclusión
de los patrones que algunos psicólogos contemplan en sus terapias. Las
chicas eran buena gente, incluso amables, pero yo ya empezaba a tener síntomas
de depresión. Sobre todo me sentía ajena y consideraba desmedido lo que
la Federación hacía por mí.
Competí en el campeonato
europeo. Jugué mal. Tenía miedo. No estaba concentrada y mucho menos
motivada. Ya estaba agotada mentalmente antes de empezar, saturada de
conversaciones banales durante las copiosas comidas y cenas. No disfrutaba
jugando. Ahí en la pista a un lado estaban mis padres. A los pocos días
tomé como pude un autobús y llegué a Santa Pola donde se encontraban
mis padres. Estaba hecha un ovillo, retorcidita de dolor. Sólo anhelaba
la cama y olvidarme de todo. Otra vez, llegaba “ella”, “la
Enfermedad”. Yo también me sentía ajena a ella, era como algo que me
“poseía” y me “invadía” para invalidarme y postrarme y
convertirme en alguien que yo no conocía ni los demás reconocían.
Me llevaron a un médico.
Fue un desastre. Un hombre hosco. Otra vez pastillas que yo confundía y
tomaba mal. Cama. Persianas cerradas. La playa, el sol, la arena eran un
infierno que no toqué. Todo ello con un sentimiento de culpa difuso. Mis
padres no recuerdo que dijeran nada, excepto el consabido “ánimo” que
me ponía furiosa. Estaba sola.
Regresamos a Madrid.
Estaba próximo el Campeonato Nacional Juvenil en Avilés. Yo estaba
invitada con los gastos pagados, pero no pensaba ir.
La mañana de la salida
hacia el Campeonato Nacional de Juveniles yo había decidido no ir, se lo
dije a mi padre quien pareció no haberme oído. Yo estaba baja de moral.
Hablaba por en pijama desde la cama
por teléfono con una amiga y ¡vi como mis padres se iban a Avilés!
No había caso ¿a qué iban ellos si yo me quedaba? Me vestí rápidamente
con unos vaqueros y poco más. Cogí unas cuantas bragas las metí en un
bolso y salí corriendo hacia el garaje para subirme el anticuado Mercedes
rojo de mi padre. Había abdicado una vez más.
Los recuerdos de allí son borrosos. Me veo a mí en una pista central con
gente mirándome jugar un partido y yo jugando con ganas de gritar. La
presión era insoportable. Me maravilla y aterroriza haber sido capaz de
terminar ese partido y además haberlo ganado. Creo que llegué a
semifinales. Y cuando ya fui descalificada entré en el mundo etéreo,
vertiginoso e inefable de la locura. Tuve delirios. Creía que la televisión
hablaba de mí. Todo el camino de vuelta a Madrid que serían más de
quinientos kilómetros me quería tirar del coche en marcha.
Mi madre me sujetaba. Debió ser un infierno para ellos también.
Al llegar a mi casa los delirios continuaron, No podía comer y menos aún
carne. Era un calvario de dolor y sufrimiento difícil de describir.
Afortunadamente los dolores físicos y psicológicos no se recuerdan hasta
que se vuelven a vivir porque si no yo no hubiera podido seguir viviendo.
Vinieron unos hombres que me llevaron por el garaje a un coche y ya no
recuerdo más. Sé que dos meses más tarde, me escapé del manicomio en
camisón buscando un cura para confesarme y lo encontré. Él me dijo mira
mi mano. Al cabo del tiempo aparecieron mis padres como salidos de un sueño.
Yo ya no sabía si existían, ni dónde estaba yo. Regresé al sanatorio y
poco a poco me dejaron recibir visitas y luego pasar los fines de semana
con mi familia.
La locura no
tiene nada de poético, para mí es nauseabunda. Parece que el escenario
sea el mismo, pero la mente es portentosa en su capacidad para
transformarlo todo y crear un infierno con los mismos elementos que existían
durante la lucidez.
El sitio que
estaba era un lugar lleno de puertas que se cerraban y abrían. Los
desayunos eran míseros y los pacientes variopintos. Estaban las mujeres
en un pabellón y los hombres en otro. Había oligofrénicas que paseaban
invariablemente de un extremo al otro de los largos pasillos durante todo
el día y por otro lado estaban anoréxicas venezolanas ricas que vivían
en suites. El compañerismo era muy intenso, se hacían amigas y
confidencias a un ritmo veloz. La
compañía de otras pacientes era muy importante para sobrellevar ese
ambiente lúgubre y triste, pero el momento más ansiado era la visita del
médico que tenía un carácter mágico. El resto del personal era hosco y
automatizado, sin sensibilidad hacia los enfermos. Había celadores
inmensos ex pacientes que se habían quedado allí. Lugar siniestro.
Hospital Esquerdo.
Soy muy
vulnerable. Mi fragilidad da pocos avisos. Las crisis irrumpen arrasan con
todo. Es como un incendio que no se para ni ante el cemento. Sólo Juan,
mi marido, se mantiene en pie después del espanto. Siempre está ahí
delante de mí cuando yo “regreso”, cuando yo “despierto”.
Mi cabeza
como la de todos se pierde en vericuetos extraños y lejanos muchas veces
durante el día. Los pensamientos cincelan mis neuronas hasta hacer una
placa de cobre cubierta de golpecitos; unos más profundos y extendidos
que otros. Las obsesiones reaparecen y permanecen. Recuerdos dolorosos,
situaciones injustas. El alma va perdiendo fuerza y cansada tira la toalla
y se rinde; entonces a diferencia de los demás, aparece la enfermedad. No
puede con el dolor y se sumerge en otro mundo inexplicable.
Las emociones
son tan intangibles, tan caprichosas ¿por qué tienen que hacer daño
para existir? Intento dominarlas, pero son expertas en rehuir las bridas y
como caballos salvajes se revelan para existir dominar mi ser. He probado
a observarlas intencionadamente, no sin poco esfuerzo. Son bandadas de pájaros
en oleadas infinitas. No se dejan cazar y sus aliados son los pensamientos
y las imágenes. No se me ha dado el poder elegir cuáles quiero que vivan
y cuáles quiero que desaparezcan. Me inundan, me apresan y me
estrangulan. Me siento a su merced. No tendría que bajar la guardia ni un
instante para poder ser feliz. Es un entrenamiento titánico, pero si las
medicinas funcionan es el único camino que veo posible para mantener
cierta estabilidad.
Echo de menos
trabajar y al mismo tiempo me aterra volver a hacerlo. No tengo
perspectivas laborales, cada vez vivo más el día a día. Cuando estoy
bien no me importa cuando estoy mal eso me hace caer en un pozo viejo y
negro.
He tenido
unos doce internamientos psiquiátricos. Las últimas crisis las he pasado
en casa en contacto continuo con mi médico y mi psicoterapeuta. Ha ce dos
años ingresé voluntariamente en un Sanatorio y la experiencia fue
nefasta, me inflaron con risperdal, lo que llaman “camisa de fuerza química”,
no querían dejarme salir y le pidieron a
Juan que me hospitalizara de “manera forzosa”, él se negó y
salimos corriendo. Fue una pésima experiencia y en vista de que
afortunadamente llevo casi un año sin pasar una crisis grave no he tenido
que pensar en ingresarme, pero creo que lo evitaría a toda costa, dadas
las posibilidades actuales que se me ofrecen.
“La enfermedad”
me ha quitado mucho: posibilidades inmejorables laborales, estabilidad
emocional para calibrar situaciones; incluso creo que ha tenido mucho que
ver con el hecho de que haya tardado tanto en tener hijos y cuando me
decidí ya era tarde; aunque en este punto creo que pesó más el hecho
que yo tenía una profunda vocación y pasión por mi profesión y no quería
ponerla en riesgo. Digo que afecto a mi carrera profesional, no tanto por
la enfermedad en sí, sino porque yo hablé de ella con personas que creí
que eran amigos en mis trabajos y sé que en caso de existir una lucha por
un puesto, algunas de estas personas han utilizado este argumento para
descalificarme. De ahí que no soy nada partidaria de airear mi estado,
pero todos mis amigos lo conocen y puedo hablarlo con ellos sin tapujos.
También
“La enfermedad” me ha dado mucho. Buscando alivio al sufrimiento que
me ocasionaba he buscado y buscado, hasta encontrar a personas de un pasta
angelical que me han brindado su cariño incondicional y su sabiduría límpida
y coherente. Regalos de los que sin la menor duda no soy merecedora y que
han hecho que mi corazón esté aprendiendo lentamente, pero
de forma inexorable, por qué late y para qué bombea la sangre de
vida por todo mi cuerpo. En esto sí que he podido reconocer que soy una
privilegiada porque estos amigos del alma son personas buenas,
inteligentes y que transmiten una paz que está en esta dimensión, pero
me conecta con otra. Siempre voy de la mano de Juan
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